| Autor: | Patricio Sancho Canelos |
| Lugar: | Nueva York - Estados Unidos |
| Fecha: | Noviembre de 2005 |
Desde hace tres o cuatro años– con el antecedente de haber participado unas cuantas veces en la carrera de Ultimas Noticias- comenzó a dar vueltas en mi cabeza la idea de correr una maratón. Esta idea se fue convirtiendo en un desafío a través del cual yo deseaba probarme a mi mismo y, a la vez, trasmitir a mis hijos el mensaje de que, si alguien, con voluntad y esfuerzo, busca un objetivo lo puede alcanzar por difícil que sea o parezca.
Por diferentes motivos la idea no se concretaba hasta que finalmente, en el año 2004, me inscribí en el sorteo de la maratón de New York. No salí sorteado por lo que al año siguiente insistí, volví a inscribirme y, entonces sí, recibí la gran noticia que había sido aceptado.
Me alegré mucho por el anuncio pero al mismo tiempo tuve una sensación de inseguridad por la gran responsabilidad que estaba asumiendo. La gran ilusión que tenía por correr una maratón, había hecho que sobrevalore mis limitadas capacidades atléticas. Caí en cuenta que nunca había corrido más de quince kilómetros, que nunca había tenido entrenamientos técnicamente dirigidos y que, para colmo, había descuidado mucho –en los meses previos- la práctica de correr. Con estos antecedentes y con estos temores busqué a un viejo amigo mío y gran entrenador de atletismo para contarle la locura en la que me había metido y para que me de algún consejo. Mi amigo –Raúl
Ricaurte- me escuchó con más conmiseración que asombro y me invitó a entrenar en el club Ruta 42.
Comencé a entrenar con mucho empeño pensando en el gran reto que tenía por delante. Poco a poco me fui involucrando en el grupo, me acoplé a los horarios y a los métodos de entrenamiento e hice todo lo que el “profe” me indicaba. Mejoré mis hábitos de alimentación y de descanso, bajé de peso y leí y pregunté todo lo que pude acerca de las maratones. Finalmente, al cabo de cinco meses y medio de entrenamiento llegó el día en que debería comprobar si podría o no con el desafío.
Ya en New York, el domingo 6 de Noviembre del 2005, muy temprano, llegué al sitio de concentración de la maratón. El lugar era inmenso y mi primera misión era encontrar el “corral” que me correspondía. Una vez que encontré el corral, identifiqué muy bien al atleta designado como “pacer” oficial del mismo. En el cartel que llevaba se leía 3:50.
Cuando sonó el cañonazo que daba inicio a la competencia, el grupo en el cual yo estaba aún se encontraba dentro del recinto de concentración y transcurrieron más de cinco minutos hasta poder cruzar la alfombra de la partida.
Comenzamos a correr sobre el gigantesco puente que une el condado de Staten Island con el condado de Brooklyn. Tan pronto como pude, intenté colocarme detrás del “pacer”. Mi intención era correr junto a él toda la competencia para que me ayudara a cumplir con el ritmo y con los tiempos previstos pero, lo que yo no sabía es que, muchísimos otros atletas, pretendían hacer exactamente lo mismo que yo. Entonces me di cuenta que no sería muy fácil cumplir con lo planeado.
Al finalizar de cruzar el puente ya habíamos cumplido las primeras dos millas de la competencia e inmediatamente ingresamos al condado de Brooklyn en donde una enorme multitud de espectadores alentaban el paso de los atletas. Paulatinamente iban transcurriendo las millas hasta que llegamos al puente Polanski que es donde termina este inmenso condado y es, exactamente ahí, donde también se cumple la media maratón. El cronometro marcaba 1 hora con 55 minutos. Yo me sentía cómodo y continuaba junto al “pacer”.
A continuación ingresamos al condado de Queens en donde el trayecto de la maratón fue bastante corto y, casi enseguida, en la milla quince llegamos al puente Queensboro que conduce a la isla de Manhattan. Este puente es relativamente estrecho y, más que un puente, se parece a un angosto túnel metálico. Al ingresar al mismo, encontramos una gran congestión por la gran cantidad de atletas que pugnaban por cruzarlo. Esto dificultaba mucho mantener el ritmo de carrera y, me di cuenta que, solo algunos corredores -quizás los mas experimentados- podían encontrar una vía rápida en medio de la gran multitud. Uno de ellos resultó ser el “pacer” a quien yo tenía de referencia. Noté que poco a poco él se iba alejando de mí sin que yo pueda alcanzarlo pues no tenía sus destrezas y, al salir del puente, ya no pude encontrarlo. De inicio me preocupé mucho por este inconveniente, no solo porque había perdido al “pacer”, si no, porque en el trayecto del puente había perdido, también, más de cinco minutos de mi tiempo programado.
Ya en Manhattan y sin el “pacer” intenté retomar y mantener el ritmo previo de la carrera. Sabía –por lo que había leído- que no debía desesperarme y mucho menos intentar recuperar el tiempo perdido. Me acoplé rápidamente al nuevo escenario y continué la carrera con el mismo gusto que lo venía haciendo, no iba a permitir que unos minutos extras en mi primera maratón alteren mis planes.
Ya había pasado la milla dieciséis y sabía que se aproximaba el primer encuentro con mis hijos.
| Al llegar a la milla diecisiete los encontré en el sitio exacto donde –el día anterior- habíamos programado vernos. Ellos se habían dado modos para estar en el borde mismo de la calle, incluso, por delante de las barreras de protección, habían escrito varios carteles con frases de aliento y al verlos sentí una emoción desbordante por lo que –sin importarme el tiempo ni nada- decidí parar unos instantes para abrazarlos y recibir su cariño y su respaldo y, así, con renovadas fuerzas y muchas ganas, continuar en la carrera con la promesa de volvernos a ver en el Central Park. |
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Las millas seguían pasando, el condado del Bronx se aproximaba y la famosa “pared” de la milla veinte también. El paso por el Bronx resultó muy divertido por el gran respaldo de la gente y, al darme cuenta, ya había superado la milla veintidós y a la tan temida “pared” también.
Ya estaba, nuevamente, en Manhattan rumbo al Central Park. A estas alturas de la competencia ya estaba convencido que llegaría a la meta y comencé a pensar positivamente en ella. Mentalmente recalculé el tiempo en el cual cumpliría las 26.2 millas de la maratón y concluí que tendría que añadir varios minutos al tiempo inicialmente previsto. Debería sumar los cinco minutos perdidos en el puente de Queensboro, más el minuto utilizado en el festejo y las fotos con mis hijos en la milla diecisiete, más otro minuto que planeaba compartir con ellos en el próximo encuentro del Central Park, más otros dos o tres minutos extras por el derecho de piso de la primera vez. Todo esto daba un total de diez minutos extras que, obviamente, debía aumentar al tiempo originalmente planeado, por lo tanto serían cuatro horas el tiempo a cumplir y seguí adelante para lograrlo.
Ingresé al Central Park y en la milla veinticuatro encontré a mis hijos por segunda vez. Más aliento, más abrazos, más fotos y a seguir con más energía. Ahora ya estaba a solo 2,2 millas de la meta -el equivalente exacto a una vuelta a la Carolina- miré que el cronometro marcaba en ese momento tres horas con cuarenta y dos minutos. Por lo tanto, tenía dieciocho minutos –de acuerdo al último cálculo- para recorrer esos últimos 3,6 kilómetros que quedaban hasta la meta. |
A partir de ese momento, decidí no volver a fijarme en el cronómetro, no quería tener ninguna presión, estaba feliz con lo que estaba viviendo y quería disfrutar las últimas sensaciones de estar allí. Sabía que la famosa línea azul de la emblemática maratón de NYC estaba muy cerca y que pronto lograría vencer el desafío.
Recorrí los últimos kilómetros de la maratón abstraído en mis emociones cuando, de pronto, comenzaron a aparecer las pancartas que anunciaban los metros que faltaban para la meta: 1000, 500, 300, 200 hasta que, finalmente, apareció el gran portón llegada.
En ese instante vinieron a mi mente muchos recuerdos de los momentos vividos durante el proceso de preparación. Recordé mis primeras carreras, recordé los recorridos del bosque, del parque y del chaquiñán, recordé las repeticiones en la pista y en las cuestas, recordé las “largas” y recordé todos los esfuerzos y los ocasionales dolores que los entrenamientos me ocasionaron y, entonces, supe que todo aquello sirvió para poder disfrutar de esta alegría. También –en ese momento- pensé con mucho afecto en mi familia, quienes con cariño, alentaron mi ilusión, pensé con gratitud en mi entrenador y en todos los compañeros de Ruta 42 que me ayudaron a conseguir este logro, pensé en mi mismo y me congratulé por haber podido dar –a través de la maratón- un hermoso ejemplo a mis hijos.
Crucé la meta y aplaste el botón del cronometro: cuatro horas, un minuto y poquitos segundos. Había cumplido con un gran objetivo deportivo pero más importante aún había cumplido conmigo mismo.
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2011-02-21 14:24:02 |190.152.153.xxx| Paula - comentario de una hija que adora a su Papá
Papi: Divagando por el internet me encontré con una de las frases más bonitas que he leído hace mucho tiempo, y te la dedico para que siempre de acuerdes de cuanto te quiero y cuan orgullosa estoy de ti: "Quizá las mayoría de las mujeres no serán las Reinas de sus Esposos, pero lo que sí es seguro es que siempre serán las princesas de Papi!. Es por eso que el padre de una mujer SIEMPRE SERA EL HOMBRE DE SU VIDA y su PRIMER GRAN AMOR! " No sé cuándo escribiste esta reseña de tu.. más bien de "nuestra" maratón yo acabo de leer, pero me vino a la mente como si hubiese sido ayer todo la preparación y esfuerzo que hiciste y definitivamente tu mensaje fue captado a la perfección por nosotros " si alguien, con voluntad y esfuerzo, busca un objetivo lo puede alcanzar por difícil que sea o parezca”. Te adoro Pa… un beso!
















