“¿Cómo te sentís?” me preguntaron al llegar a la meta. “¡Excelente!” dije sin dudar, y lo repetí “¡por supuesto que excelente!”. Y cómo no iba a estarlo, cruzaba la línea de llegada bien, más que bien, sin malestar ni calambres, y con una sonrisa que desbordaba. Quería continuar corriendo para avanzar pronto ese último tramo, eran 100, 200,
Siempre gusté de los deportes, pero a partir de ese momento lo asumí de una manera progresiva, constante y disciplinada. Necesitaba urgente concederme más tiempo y espacio para mi, así que conociendo sobre esas maravillosas ‘endorfinas’ fui tras ellas. No estaba segura de lo que buscaba: salud, paz, amigos, nuestros rostros, otro en torno, otra energía. Sí, otra energía!. Dos horas entre aeróbicos y tonificación en la tarde sumadas a un ocasional trote mañanero, fueron rutina por meses. Hasta que un día en el 2004 un amigo me invitó a correr en Últimas Noticias, había un número libre y podía tomarlo, se corría sin chip. Y como quien todo lo sabe y todo lo puede, mi respuesta irreflexiva fue “Sí, por supuesto”. ¡Craso error!!! Y no hubo nadie cerca quien me detuviera ante tal contestación. No tenía la menor idea a lo que me metía. Correr 30 minutos de vez en cuando era ‘nada’ comparado con correr ese terrible recorrido que todavía para esa fecha contaba con la famosa ‘rompe corazones’. Y claro que después me quedó perfectamente claro el porqué de tal nombre.
Resultado: fui la personificación de todos aquellos errores que no se deben cometer en una carrera pedestre. Me lancé a trotar con una laringitis aguda que adolecía hacía dos semanas, sin entrenar, sin equipo, ropa ni zapatos apropiados, no conocía de lo que debía o no debía comer, y no previne del infame y canicular sol que traspasó la pared de mi humilde bloqueador. Cuando iba en los primeros
Entonces convertí el trote en un desafío a positivo. Conocer mi cuerpo, mis límites, aprender a superarlos, conocer mi metabolismo, alimentarme, cada entrenamiento, ha sido y sigue siendo una enseñanza permanente. Ponerme una meta, no se trata para mi tan solo de mejorar tiempos, sino el llegar bien y sentirme feliz.
Cuando me planteé realizar
Quince días antes de la carrera… pensaba: ¿llegaré?, y si llego…¡¿cómo llegaré?!, y de tiempos ni hablar, no quería saber de proyecciones aunque cuando por ahí alguien me preguntaba al respecto yo me atrevía a contestar tímidamente “mmm…cuatro horas”, pero detrás de esa respuesta tenía el pulso acelerado, sudaba, y aumentaba mi preocupación sobre defraudar las expectativas, al final de cuentas no son 10, 15 o 20… son
Ya ubicados los corredores tras el típico letrero de partida, no hablaba, no sonreía, con frío, y para variar nervios, olvidé geles y cualquier cosa que hubiera querido llevar durante la carrera por lo menos para sentirme segura. Entré en pánico silencioso, quería salirme sin que nadie se diera cuenta, pero tomaba fuerza con el número mágico de 4 250 (cifra que, a ojo de buen cubero, resultaba aproximada a la inversión realizada para este viaje maratoniano) y funcionó!, empecé a trotar y luego todo fluyó.
Nos encontramos con una generosa Buenos Aires, con la temperatura ideal, acompañados los primeros kilómetros con una llovizna tenue que reconfortaba, un agradable recorrido por una imponente ciudad, y la mirada de la gente que curiosa se detenía al paso de un montón de locos que saltamos a sus calles, sentía que flotaba. Me concentré en mis tantos pensamientos más que en los kilómetros que pasaban. Quería ir más rápido producto de esa adrenalina pero como me decía Margarita “corre con la cabeza”, además tenía clarita la última regañada del Profe, así que tomé juiciosamente sus recomendaciones.
El último kilómetro con ciento noventa y cinco metros, lo recorría sonriendo, aplaudiendo, y mi corazón aceleradísimo de la emoción. Estábamos llegando y era todo un logro para los que íbamos a entrar a la meta.
¡Llegué! estaba ahí, y como una película en flash back dejaba mis recuerdos y momentos que me llevaron a ese lugar, y viví ese instante de triunfo. ¡Cuántos sentimientos encontrados! te dije, es difícil describir este sentir pero estoy segura que quisiera revivirlo.
Seguían las preguntas: ‘¿cómo te sentís?’, ‘¿podés andar?’, ‘¿necesitás algo?’…claro que sí… necesito celebrar, me lo merezco, esta maratón ha sido todo un aprendizaje lleno de satisfacciones. Y por supuesto, al final… mi ansiado abrazo de felicitación.

















