De los tres años que llevo en RUTA 42 en éste pude completar casi todo el entrenamiento, incluso fue el que más me preparé y exigí: test de esfuerzo, cuestas de mil metros en el Parque Metropolitano, 30K en Samborondón, detección y neutralización de ciertas lesiones, descanso adecuado (en lo posible)... Las situaciones imprevistas trataba de resolverlas rápidamente. También me ayudó para el fortalecimiento mental y físico como la realización de flexiones de pecho y abdominales... claro que al principio solo podía hacer cinco de cada una: quería bajar de las cuatro horas en un maratón.
La decisión
El año pasado nos reunimos en los encebollados con Guillermo Alvarado quien nos manifestó que el mejor maratón que había corrido era el efectuado en Río de Janeiro, no solo por sus bellezas naturales sino por el recorrido en el malecón y luego la fiesta con maratonistas y samba. A comienzo de año esa era la meta, pero luego nos dimos cuenta que tendríamos una preparación muy limitada y que no llegaríamos en las mejores condiciones y optamos por el plan B: Guayaquil.
Una molestia en el pie
Una especie de bulto en la planta del pie derecho, en el talón, me comenzó a molestar los últimos meses. Pensé que era el zapato viejo o las medias y compré un nuevo par... tres semanas antes de la carrera la molestia en el talón no había desaparecido y decidí buscar otros zapatos. Eran bastante cómodos pero existía la molestia, la cual iba desapareciendo cuando ya había trotado varios minutos. ¿Pero si se agravaba en los 42k?... Pepe Orellana, mi amigo de trote y de vivencias, en su calidad de traumatólogo me dijo que podría ser una “fascitis plantar” (inflamación aguda de la aponeurosis plantar del pie????), ante lo cual me recomendó un recajante muscular... estábamos a menos de una semana de la carrera.
La última semana todo iba bastante bien, de acuerdo a lo planeado (incluso teníamos los boletos aéreos, habíamos reservado las habitaciones...), pero el miércoles anterior a la carrera mi hija se enfermó y el jueves por recomendación del médico tuvimos que internarla en la clínica. Luego de los exámenes efectuados nos manifestó que el sábado le daría de alta. Esta información fue clave para que decidiera viajar el sábado a las 11h30.
Ese día, a las 10h30, pasé por la clínica para despedirme y me dirigí a la casa de Pepe para trasladarnos al aeropuerto. Por tratar de buscar al fotógrafo del terminal aéreo cuando fui a registrarme en el counter de la aerolínea me indicaron que no había cupo en el avión y que debía cambiar de vuelo. Esto no ocasionó ningún problema e inmediatamente nos subimos al avión asignado conjuntamente con Gustavo Carrera. Pronto todos los ruteros y “amigos” nos fuimos reagrupando en el terminal aéreo Simón Bolívar en Guayaquil. La contratación de dos busetas nos ayudó a movilizarnos todo el tiempo en la ciudad.
Luego de inscribirnos en el estadio Alberto Spencer y alojarnos en la Base Aérea, gracias a la gentiliza y coordinación de René Olmedo, decidimos no asistir a la noche de la pasta... serían cientos de atletas en fila y preferimos acudir a un pequeño restaurant de una amiga de Raúl y compañera de entrenamiento cuando viaja a Quito: Consuelo.
La noche anterior al maratón preparamos todos los instrumentos que nos servirían para la batalla que libraríamos al día siguiente: vestimenta, hidratación, colocación de números en camisetas, baño en agua caliente, descanso... De cada implemento que usaría en la carrera llevé dos unidades y escogí los que me parecieron que me servirían mejor. La decisión más complicada fue la selección de zaparos. Tenía unos viejitos que corrí en Samborondón 30K y en la maratón de Quito 42K, entre otras carreras y unos nuevos que solo había llegado a trotar hasta 18K. Por supuesto escogí a los primeros.
La habitación la compartí con Pepe Orellana y Eduardo Naranjo, con quienes intercambiamos secretos y estrategias de nuestras carreras.
A las 2h15 nos despertamos y comenzó el rito previo al maratón, sin olvidar ningún detalle: camiseta, licra, pulsometro, vaselina para las zonas donde puede existir rozamiento, geles, gorra.... Con botella en mano me dirigí a la buseta. Estaba un poco nervioso... estaría a punto de iniciar mi tercer maratón: los anteriores fueron en Buenos Aires (4h19) y en Quito (4h26). El entrenador Raúl Ricaurte determinó que podría llegar en 3h48, pero ¿estaría física y mentalmente preparado para cumplir con ese tiempo? ¿Cómo incidiría en clima en el resultado?...
La carrera
Ingresamos en el estadio Alberto Spenser y pudimos ver un escenario completamente iluminado donde cientos de atletas se mostraban ilusionados y nerviosos, queriendo iniciar el calentamiento. Cada vez estaba más sereno y había visitado el baño por una ocasión.
Todos los ruteros nos deseamos suerte y arrancamos con Germán Salazar con un trote suave. Los otros grupos de ruteros iban más adelante. El primer kilómetro lo pasamos en 6,05/km. En el kilómetro tres busqué desesperadamente un baño en un parque, porque al parecer bebí mucho líquido o seguía nervioso. Retomé el trote y luego de unos diez minutos pude alcanzar a Germán Salazar, con quien compartimos más de la mitad de la carrera, apoyándonos, hidratándonos, recordando momentos graciosos del entrenamiento... Casi toda la primera media la corrimos entre 5,30/km y 5,40/km
Los 21K lo completamos en 1h58´59´´, mucho más tiempo del recomendado.
En el kilómetro 23 nos alcanzó Vanesa Trujillo quien dijo que se sentía fuerte y mantenía un paso más rápido. Comencé a seguirla y Germán mantuvo su paso. Luego de dos kilómetros Vanesa me llevaba unos treinta metros; dos kilómetros más adelante y la alcancé y luego la pasé.
Estabamos recorriendo una gran avenida que tenía varios puentes, con subidas y bajadas y ya comenzaba a sentir la humedad y un poco de calor. En el carril superior algunos ruteros ya regresaban por el mismo recorrido. Al vernos pronunciábamos nuestro nombres y nos motivábamos con palabras como: dale!, vamos!... la avenida no terminaba (ocho kilómetros de ida y la misma distancia de regreso). Comencé a regar agua en mi cabeza y un poco en las espalda pero no quería que se mojen las medias porque en alguna carrera ya me ocurrió esa situación y terminé con ampollas en ambos pies.
En el kilómetros 26 consumí un segundo gel y me preparaba para subir uno de los seis o siete puentes en los cuales ya se podía ver a varios atletas que comenzaban a caminar, algunos de ellos tristes, otros molestos.
En el kilómetro 32 sentí que en la pierna derecha se me presentaría un calambre.. reduje el ritmo y luego aceleré... y el calambre volvía a presentarse... a veces incluso tenía que detenerme o dar un salto con la pierna izquierda para que me pase el calambre. Pero estas decisiones debían ser rápidas; si quería bajar el tiempo debía apurarme.
Creo que era el kilómetro 34 cuando encontré a Eduardo Raza quien generosamente entregaba agua y la regaba en la cabeza y espalda. Además, nos motivaba para completar el reto. Esta gran ayuda no estaba prevista, gracias nuevamente!
Al regresar por esa calle e ingresar a una ducha con vapor de agua pude alcanzar a Felipe y luego a Eduardo Naranjo a quien se le veía un poco cansado pero no comentamos absolutamente nada. Yo avanzaba y gritaba: ¡vamos!, para automotivarme porque ya comenzaba a sentirme cansado.
Volvía a una gran avenida y pensaba que me faltaba menos de dos vueltas al parque La Carolina. Y el calambre no me daba tregua. Y yo terco queriendo seguir con mi ritmo.
Y volvía a gritar: ¡vamos!, ahora a los participantes que comenzaban a caminar, con expresiones de dolor o angustia porque estaban tan lejos y tan cerca de la vez.
En el kilómetro 40 evalué la situación. No cumpliría con mi meta: menos de cuatro horas, pero sabía que estaba dando lo mejor de mi. Tampoco podría rebajar el ritmo que llevaba. Estaba resignado pero no vencido.
Cerca del estadio quise rematar pero el calambre también participaba y no podía ignorarlo. Ingresé por la puerta donde hace cuatro horas había arrancando mi reto; al llegar a la meta levanté mi brazo derecho hasta la altura del corazón, mi mano con puño cerrado. porque había completado mi tercer maratón, momento en el cual recordé a la propietaria de esa esforzada medalla: mi hija Sofía Cristina.
Mi rostro debía denotar dolor porque se acercó un voluntario pensando que tenía problemas con el corazón. Yo le explicaba que estaba bien, incluso le dije el pulso que tenía en ese momento; él buscaba desesperadamente una silla para que pudiera sentarme y disfrutar de una toallas que habían estado en una nevera. Era el premio a la constancia.
Este año y los venideros quiero seguir creciendo como ser humano y esta carrera es toda una maestría en la vida. Ahora a cumplir otras metas y sueños como el conocer un castillo medioeval... Y por supuesto intentaré nuevamente bajar de las 4 horas en los 42k.
Estadísticas generadas por el pulsometro Garin Forerunner 305:
Fecha: octubre 5 de 2008
Hora de salida: 05h17
Distancia: 42k195m
Tiempo: 4h03´13´´ (mi registro); 4h04 (chip)
Ritmo:05.45/km
Calorías: 3780
Ritmo por kilómetro
km 1: 6,04
km 5: 5,37
km 10: 5,37
km 15: 5,31
km 20: 5,52
km 25: 5,48
km 30: 5,54
km 35: 6,08
km 40: 5,58
km 41: 5,57
km 42: 5,46

















